El charango que aprendió a resistir:


El charango que aprendió a resistir: 



Una historia de música y reconstrucción.

Hay instrumentos que son mucho más que madera y cuerdas; son fragmentos de nuestra propia vida. 



            En mi caso, esa historia tiene forma de charango.Todo comenzó en 1985, cuando mi padre me lo regaló. 

En ese entonces, el instrumento era un misterio para mí. Con paciencia y de forma completamente autodidacta, empecé a dar mis primeros pasos, descubriendo sus sonidos y enamorándome de su folclor. 

Sin embargo, cuando apenas comenzaba a defenderme con los primeros acordes, ocurrió un accidente doméstico: a mi hermano pequeño se le cayó y el charango se quebró por completo. Verlo destruido fue un golpe durísimo. 

El silencio se instaló en mi rutina y pasé mucho tiempo sin tocar, guardando la música y la frustración en un rincón.

La vuelta a la vida en el lugar menos pensado. El destino de ese charango cambió gracias a un puente inesperado. Llegó a manos de un interno en la cárcel de Curicó, quien con un oficio y una delicadeza admirables, logró reparar lo que parecía perdido. 

Cuando el instrumento volvió a mis manos, recuperado y afinado, entendí que las cosas rotas también pueden volver a cantar. 

Ese episodio me marcó tanto que no me quedé solo con la alegría de recuperarlo.

Inspirado por esa reconstrucción, decidí aprender yo mismo el arte de la luthería.

 Con el tiempo, aprendí a repararlo y a mantenerlo con mis propias manos.

Hoy, ese charango sigue conmigo, intacto en su esencia pero transformado por los años. 

Cada cicatriz en su madera me recuerda que la música, al igual que la vida, siempre encuentra una forma de repararse y seguir sonando.

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